El no tan raro pico menor.

Hubo un tiempo en que el pico menor (Dryobates minor) era uno de esos pájaros imposibles de ver. El más pequeño de nuestros carpinteros realmente no es fácil de detectar y por aquel entonces se le atribuía una distribución muy puntual. En el segundo Atlas de las aves reproductoras de España, recién estrenado el siglo XXI, se habla de un incremento de su población, pero sin saber en qué medida esto es debido a un mejor conocimiento o a una mejora de su situación. En dicho atlas, sigue teniendo una distribución localizada y dispersa.


Para Madrid el atlas recoge que su población cuenta con un mínimo de tan sólo 6 parejas, afirmación que puede valer como ejemplo no sólo de su rareza sino también de lo poco que se conocía a la especie en nuestro país.

En los últimos años sus observaciones son cada vez más numerosas. Incluso yo, por fin, tuve la suerte de verlo un par de veces, en el río Jarama y en Colmenar Viejo (antes lo había visto en el Valle del Tiétar). En los anuarios ornitológicos se multiplican sus citas, también en la sierra madrileña que es adónde voy a parar.

Hace unos tres años mi hermano me dijo que estaba casi seguro que lo ha visto en el pueblo. Durante meses no me lo quito de la cabeza y llegado abril planeo la primera salida al campo para comprobarlo. Lo buscaría en el mismo robledal en que él lo vio. La noche previa me aprendí en alguna web como sonaba su tamborileo.

Al amanecer el cielo estaba cubierto, por suerte no hacía viento ni demasiado frío, una mañana agradable. Enseguida, después de tomar nota de un rastro de tejón, un torcecuello me dio la primera alegría. Cantaba muy cerca, pero soy incapaz de verlo. Casi siempre me ocurre lo mismo y ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vi uno de estos peculiares pájaros carpinteros.

Un pico picapinos tamborileaba no muy lejos y decidí acercarme, iba anotando otros pajarillos cuando de repente… ¡sorpresa! Sin duda es el pico menor, también escucho claramente su tamborileo. Sigo acercándome hasta localizarlo en los restos de una larga rama seca. El picapinos sonaba al mismo tiempo, a poca distancia. No me podía creer mi suerte. Es un macho, vuela hasta las ramillas altas de unos melojos a unos 30 metros. Entonces el picapinos llega a la rama seca, un tocón alto y largo, y tamborilea en el mismo lugar en el que descubrí al pico menor, este acude excitado, se posa frente a frente en la cara opuesta, pero enseguida vuela a otra rama seca donde tamborilea un par de veces como replicando, no le ha gustado que le robaran el sitio. Regresa, se enfrenta al picapinos pero éste lo busca con cara de pocos amigos y el pequeño carpintero vuela a otro roble. En cuanto el grandote se va, vuelve y tamborilea durante unos 10 minutos. Fue curiosa esta interacción entre las dos especies. Fantásticas escenas que no pude grabar más que en mi retina.

Aquí, aunque mal, se puede oír el tamborileo del pico menor. El picapinos suena al comienzo y en dos ocasiones más. Esto fue después de la disputa por la rama.

Lo seguí observando en la zona durante casi una hora. De vuelta, al terminar la mañana, el torcecuello canta en el mismo punto que al amanecer, tampoco lo veo, pero el día había sido inmejorable.

Primula veris
Orchis morio
En otoño, en una zona de prados con fresnos y robles, volví a encontrarme con la especie, en este caso una hembra enfrascada en picar una rama seca. Parecía más tratar de construir un nido que buscar insectos. 

Vídeo de poca calidad de la observación del 20 de noviembre de 2015.

Y este pasado 14 de mayo lo vi de nuevo, esta vez en término de Gascones. El día en la sierra estaba realmente desapacible, Braojos desaparecía en la niebla, por lo que decidí no subir hasta el pueblo.



En Gascones pude disfrutar de estos paisajes primaverales, pero la mañana era fría y ventosa.
De nuevo reconozco su tamborileo, está cerca y lo descubro, parece una hembra, aunque puedo ver un tono rojizo en el píleo que me hace dudar.

Después de tres cuartos de hora me alejo y sigue ahí, no ha estado tamborileando todo el rato pero casi. A veces cambiaba de sitio y otras parecía buscar por los árboles próximos, cantando en alguna ocasión.


La mayor abundancia del pico menor en Madrid parece un hecho. Este pájaro carpintero está considerado un buen bioindicador del estado de los bosques, salvo los de coníferas en los que no suele estar presente. En efecto, se ha podido producir una mejora de los ecosistemas forestales, especialmente los ribereños y serranos. Paisajes fuertemente castigados hasta el siglo pasado se han visto favorecidos en parte por una mayor protección, en parte por el abandono del campo, y sobre todo por el paso del tiempo. Así bosques y bosquetes han ganado en madurez y naturalidad.

En el conjunto de Europa, sin embargo, se considera que muestra un ligero declive por pérdida de hábitat, lo cual no es una buena noticia de una especie que no se ve todos los días.

Cuarenta centímetros de nieve.


Avanzar con cuarenta centímetros de nieve es penoso, más sin el equipo adecuado, así que en esos casos no puedo pretender llegar muy lejos, tan sólo disfrutar de algún corto recorrido.

1 de marzo de 2016. Braojos de la Sierra.
  
Cuarenta centímetros y más.

1 de marzo de 2016

1 de marzo de 2016

En todo caso en los dos últimos inviernos he tenido oportunidad de darme buenas caminatas por la nieve. Esta ha sido abundante en la sierra madrileña y he disfrutado de sus paisajes blancos. Mis fotos de esos días no llegan a revelar la verdadera belleza de esos momentos.

1 de marzo de 2016

Y la vida continúa, a pesar de que durante muchos días el manto helado se extendía por grandes áreas. Me llamó la atención recorrer anchos cortafuegos en los que iba descubriendo huellas de zorros, garduñas, tejón alguna vez, alguna ardilla y liebres, pero sin ningún rastro de corzos.

18 de febrero de 2015. Sin rastro de los corzos, pero estaban ahí, entre los pinos.

20 de febrero de 2016. Rastros de liebre

18 de febrero de 2015.


Ardilla
17 de enero de 2015. La garduña cruza el camino, el zorro lo sigue.

Pero adentrándome en el pinar aparecían las huellas de los corzos, los cuales para llevarse algún bocado escarbaban en diversos puntos retirando la nieve. Era curioso seguir estos rastros, ver como se acercaban al cortafuegos y se daban la vuelta.

Las zarzas ocupan un lugar principal en su alimentación durante todo el año, y en invierno son fundamentales. Eso es algo que se puede comprobar esos días. También se acercan a los acebos pero no parece que estos sean importantes en su dieta.

La tasa metabólica de los corzos se adapta a las condiciones ambientales y a su biología, incrementándose en primavera, siendo máxima durante la lactancia en las hembras y también en verano durante el celo en los machos, y disminuyendo en invierno, momento en que por tanto se reduce su actividad y sus necesidades energéticas. Además, al parecer presentan una especial adaptación en sus glándulas salivales para evitar los efectos tóxicos de las altas concentraciones de taninos y así puede aprovechar recursos alimenticios de baja calidad en los momentos más duros.

Un día en que la nieve cubría muy someramente la sierra observé un rastro de corzo que se paraba en dos puntos a pocos metros y desenterraba unas setas carnosas, de tono claro, que debió detectar con el olfato. Está claro que son unos grandes supervivientes.

12 de enero de 2016.


Lo único que quedo de las setas, estaban casi sin abrir, extrañamente tiernas y congeladas.



Otras supervivientes son las liebres. Sus rastros pueden ser puntualmente abundantes en la sierra nevada. Cuando la nieve deja calvas de pasto quemado las cagarrutas de los lagomorfos se concentran en estos puntos.  De siempre, desde que un frío día, hace ya 30 años, en que incrédulo -¿una liebre entre los pinos?- me crucé por primera vez con sus huellas en el blanco manto de las zonas altas de la sierra, me he preguntado cómo se las apañaban para salir adelante en semejantes condiciones.

18 de febrero de 2015. Liebre, 1.700 m.


No es una liebre.

Liebre

Liebre. No siembre dibuja una "L".

Garduña

La garduña marca en el borde del camino.


Zorro

Rumanía 2013. Buscando pájaros carpinteros.


Observar pájaros nuevos, aquellos que no vuelan por “nuestros” campos, fue uno de los objetivos de aquellas vacaciones en Rumanía. Tenía una lista con las especies que no se ven en España, al menos habitualmente. No pretendía tacharlas todas, se trataba simplemente de disfrutar de las ocasiones que se presentaran, pero así centraba la atención.
Un grupo de aves que no se me iban de la cabeza eran los pájaros carpinteros. Allí cuentan con diez especies, tres más que en España. Las especies objetivo eran esas tres diferentes y además el pico dorsiblanco, que, por su escasez y limitada localización en la Península, no he observado aún. Evidentemente  no íbamos a cerrar los ojos si aparecía un picamaderos negro o un pico menor, que no son aves fáciles de ver, ni cualquier otra, pero al final sólo pude anotar 4 de las 10 especies. Al menos tres de ellas eran las que no podría ver “en casa”: los picos tridáctilo (Picoides tridactylus) y sirio (Dendrocopos syriacus), y el pito cano (Picus canus).

El de la izquierda es el hotel de Rasnov en el que nos alojamos.
La primera mañana en Rumanía partimos a los Cárpatos, concretamente a Rasnov. Esta es un área turística y de fácil acceso desde Bucarest, pero nada masificada en esas fechas. Desde el hotel podíamos plantarnos en un momento en el Parque Nacional de Pietra Craiului o bien visitar otros bosques próximos. Esto último es lo que hicimos la primera tarde. Desde la población de Predeal subimos a una antigua estación de esquí de travesía.

11 de septiembre de 2013. Predeal (Brasov).
Llevábamos poco tiempo caminando por un magnífico bosque mixto cuando descubrimos a los picos tridáctilos (Picoides tridactylus). En un abeto medio seco, altísimo como los demás, pudimos observar hasta 4 individuos. Había un macho al que no parecía hacerle gracia tanta multitud y no permitía que los otros se acercaran a su zona de alimentación, les chillaba excitado erizando su capirote de plumas amarillas. Recuerdo que llegó a dolernos el cuello de tanto observarlos.

Al caer la tarde llegamos a una zona donde el bosque tenía una apariencia diría que algo lóbrega. El camino que seguimos, a veces poco más que un sendero, ligeramente embarrado, mostraba huellas de ungulados, jabalí, ciervo, corzo, cuando me fijé en unas marcas de dedos, de un perro pensé, pero algo no cuadraba.

Efectivamente se trataba de un oso, pero tardé en darme cuenta.  

Nos paramos un rato a mirar a nuestro alrededor, ahora parecía más tenebroso aún. Empezaba a faltar la luz y se nos estaba haciendo el tiempo justo para volver. Sin embargo la verdad es que estaba siendo una tarde estupenda y disfrutamos igualmente del camino de vuelta. Tengo bien grabada aún la grata impresión que me dejó aquel lugar, aquel primer paseo en Rumanía. En un momento en que Marian se había adelantado unos pasos se volvió excitada preguntándome que qué había sido eso, era grande, un rapaz seguro, voló delante de ella silenciosa. No lo vi. Anochecía cuando llegamos al parking. Al fondo, en una cerca de madera detecté un bulto grande, nos fuimos aproximando y con los prismáticos tuvimos oportunidad de observarlo un rato, él también nos miró, no podíamos creer que estuviéramos delante de un cárabo uralense (Strix uralensis). Voló ladera abajo, tal vez cazó,  pues paró en medio del prado para seguir al poco hasta una vieja pérgola de madera donde se posó en una viga medio caída. Finalmente desapareció hacia el bosque.

Imágen obtenida de google con la pérgola o cenador donde se posó el cárabo uralense.
Los siguientes días visitamos sobre todo el Parque Nacional Piatra Craiului, aunque nos vimos condicionados por la lluvia. Todas las mañanas antes del desayuno daba un paseo alrededor del hotel, y la subida al castillo de Rasnov también fue una buena ocasión para ver pajarillos. Carbonero sibilino (Poecile montanus), mosquitero silbador (Phylloscopus sibilatrix), curruca zarcerilla (Sylvia curruca), zorzales reales (Turdus pilaris), alcaudón norteño (Lanius excubitor).
Los frecuentes cascanueces (Nucifraga caryocatactes) estaban entregados a la recolección de avellanas. Son muy especiales estos córvidos tan marrones y sin embargo preciosos vistos de cerca. No tuvimos suerte con el resto de pájaros carpinteros. Escudriñé las fantásticas paredes de Piatra Craiului buscando treparriscos sin éxito, y en medio de un viejo y fabuloso bosque de abetos observamos egagrópilas de algún gran búho bajo varios posaderos.

Buscando treparriscos
Parque Nacional Piatra Craiului
 
 Sí, aquel bosque también se me quedó muy grabado.

Al quinto día dejamos Rasnov. Por la mañana visitamos Brasov después de pasar por el Hospital de Enfermedades Infecciosas para otra dosis de vacuna de la rabia. La segunda tarde allí, tuvimos la mala suerte de toparnos con tres perros mal enseñados, empeñados en mostrarnos sus dentaduras muy de cerca, y que con un exceso de celo protegían una pequeña casa de campo a la que ni siquiera nos acercamos realmente. Uno de ellos intentó morderme y llegó a hacerme un rasguño. Sea como fuere, puesto que en Rumanía se dan casos de rabia y dado que es una enfermedad mortal aquel día tuvimos que darnos la vuelta y buscar un hospital. Afortunadamente no fue complicado (bendito GPS), nos atendieron muy bien y además sin tener que hacer grandes desplazamientos.

Poco después del mediodía empezamos a cruzar el país hacia Tulcea, donde llegaríamos a la mañana siguiente. No hay autovías en el trayecto y continuamente atravesábamos pequeñas poblaciones, había que tomárselo con calma. Pasamos la noche en Brăila, una ciudad a orillas del Danubio. El tiempo gris de los Cárpatos quedo atrás.

Pasamos tres días en Tulcea, que viene a ser como la puerta de entrada al Delta del Danubio. Después de visitarlo, de haber recorrido en barco sus canales durante una mañana completa y de acercarnos a otras lagunas próximas, después de los bandos de pelícanos comunes (Pelecanus onocrotalus), las cigüeñas negras (Ciconia nigra), los mucho menos abundantes pelícanos ceñudos (Pelecanus crispus), los cormoranes pigmeos (Microcarbo pygmaeus) y los enormes pigargos (Haliaeetus albicilla), una tarde visitamos el Monasterio de Celic Dere, uno de los más importantes de la zona. Está situado entre colinas cubiertas de bosque caducifolio y resultó un lugar de lo más tranquilo, pues no había visitantes.

Celic Dere
Delante del monasterio, en sus cuidados jardines, había un viejo molino de viento y justo en una de las aspas posaron en poco tiempo el pito cano (Picus canus), el pico sirio (Dendrocopos syriacus) y el pico picapinos (Dendrocopos major). Sin movernos del parking también pudimos ver a los dos picos en árboles próximos y además uno de los picos sirios apareció en un cable que cruzaba la calle, un posadero inédito.
Luego nos dimos un corto paseo en el que estuvimos bastante entretenidos con los pajarillos. Entre los papamoscas papirrojos (Ficedula parva) por fin pudimos ver bien un macho adulto y también cayó el carbonero lúgubre (Poecile lugubris).

Pico sirio macho.



No se ve gran cosa pero sí lo suficiente para identificarlos. Dos hembras de pico sirio. Se ve mejor al final del vídeo.

Pico picapinos macho. Os dejo este vídeo para que busquéis las diferencias.

Los dos picos, el sirio y el picapinos son casi idénticos (en alguna rara ocasión parece que se cruzan entre ellos). En España, como dije, sólo tenemos al segundo. El sirio ha experimentado una reciente expansión en Europa, imagino que desde Turquía. Comenzó a aparecer en Los Balcanes hacia 1890 y de ahí hacia el centro de Europa y a las antiguas repúblicas soviéticas. En Rumanía se citó por primera vez en 1931 y parece preferir territorios a poca altitud y entornos rurales con granjas y huertos.
En Casian, una aldea perdida a la que no llegaba el asfalto, en las llanuras de la región de Dobrogea, cuando buscábamos collalbas sin éxito el día que volvíamos a Bucarest, nos sorprendió ver un macho de pico sirio en un arbolillo. No lo esperábamos en un área casi completamente desarbolada. Aquella fue la última anotación en mi cuaderno de campo.
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Rumanía 2013. Terminan las vacaciones.

19 de septiembre de 2013

Mar Negro (20-septiembre-2013)

Se acababa Rumanía, así lo sentíamos cuando dejamos Tulcea y el Delta del Danubio. Todavía teníamos dos largas jornadas antes de la prevista llegada a Bucarest la tarde del día siguiente, pero efectivamente estábamos de vuelta.

El día fue algo frío y después de atravesar el bosque de Badabag, en el que hicimos una breve parada para ver algunos pajarillos forestales, entre ellos los carboneros lúgubres (Poecile lugubris) que ya no volveríamos a ver, quedamos a merced del viento en las amplias llanuras al sur del delta del Danubio.

Entre la carretera que llevabamos y el Mar Negro todavía se extiende la Reserva de la Biosfera del Delta que da protección a otro importante complejo lagunar que queremos visitar aunque sólo sea de refilón. Para ello salimos hacia Sinoe y desde allí hacia las ruinas de Histria. A orillas del Lago Sinoe  se encuentran las ruinas de un antiguo asentamiento griego, Istros, y luego romano, Histria. Al parecer fue en la época de los griegos cuando lo que era un golfo del Mar Negro terminó de cerrarse con los aportes de limos del Danubio y se convirtió en el lago.

La estrecha carretera hacia el yacimiento arqueológico pasa entre otras dos grandes lagunas y hacemos una parada (Road to Histria, imagen de google maps). El lago Nuntaşi apenas tiene agua y las aves quedan muy retiradas. Hay combatientes (Philomachus pugnax), avocetas (Recurvirostra avosetta), agujas colinegras (Limosa limosa), tarros canelos (Tadorna ferruginea), tarros blancos (Tadorna tadorna), gaviotas reidoras (Chroicocephalus ridibundus) y las que parecen gaviotas cáspicas (Larus cachinnans).

Lago Nuntaşi

Lacul Nuntaşi, România. A la tarde aparecieron las gaviotas cabecinegras.

Al llegar junto a las ruinas de Histria se aprecian muchas aves en paso migratorio: golondrinas (Hirundo rustica), colirrojos reales (Phoenicurus phoenicurus), mosquiteros musicales (Phylloscopus trochilus), abejarucos (Merops apiaster), papamoscas grises (Muscicapa striata) y papirrojos (Ficedula parva) y varios gavilanes (Accipiter nisus). También observamos un alcaudón dorsirrojo (Lanius collurio).

En el Lago Sinoe vemos un bando de cisnes vulgares (Cygnus olor) y cuando estamos acercándonos a su orilla, entre el pasto ralo próximo al carrizal, descubrimos un grupito de unos 10 alcaravanes (Burhinus oedicnemus).



Después de comer volvimos a parar entre los dos lagos. Vemos un bando de gaviotas cabecinegras (Ichthyaetus melanocephalus), es su hora del baño. Un bando de pelícanos vulgares (Pelecanus onocrotalus) pasan en vuelo bajo y también volando bajo un cernícalo patirrojo (Falco vespertinus) macho cruza las lagunas hacia el sur, el único que pudimos ver en Rumanía. También nosotros seguimos hacia el sur, queremos parar en Vadu, en el límite de la Reserva. La carretera de largas rectas atraviesa campos de cultivo cuando en una gran torreta de la red eléctrica observamos una rapaz. Se trata de un joven halcón sacre (Falco cherrug).


Vadu es conocida por sus playas vírgenes que son las que separan el Lago Sinoe del Mar Muerto. Llegamos con el tiempo justo, la tarde se había quedado gris. El pueblo tenía un aspecto desalentador y la gran fábrica de uranio abandonada a la que nos acercábamos no ayudaba a mejorar esa imagen. Junto a ella se extendía un gran carrizal que atravesamos por un camino flanqueado por feas columnas de hormigón y que lleva a las playas (podeis verlo aquí) Paramos a ver si descubríamos algún pajarillo, pero no hubo suerte, era mi última esperanza de ver bigotudos.

Con el coche subimos al dique de una de las balsas que debieron formar parte en su día del complejo industrial (igual que el coche de esta foto de google maps). Unos perros se acercaron, Marian no se fiaba, -me quedo en el coche, me dice, -bueno, yo ya estoy vacunado (de la rabia), si me muerden es algo que llevo ganado, le dije, y salí para preparar el telescopio. Pero la suerte había cambiado, los perros eran amistosos, lo cual hizo que también ella bajara del coche, llegando a compartir unos frutos secos con ellos y así congraciarse con los canes rumanos después de una mala experiencia a nuestra llegada, y por supuesto yo no podía quedarme en el coche mientras a poca distancia en el agua observaba las dos últimas especies nuevas de mi lista de aves rumanas: un falaropo picofino (Phalaropus lobatus) y una gaviota enana (Hydrocoloeus minutus), dos jóvenes de ambas especies, que componían una curiosa escena en blanco y negro. Además el viento se había calmado, era una buena manera de casi terminar las vacaciones.


Se trata de dos aves en paso migratorio.

Parecía una competición de comer mosquitos.

El pequeño falaropo es un limícola peculiar. En vez de buscar su alimento correteando por playas y orillas limosas lo hace nadando, y además el invierno lo pasa en alta mar. Otra característica de estas aves es la inversión de papeles de machos y hembras. Las hembras en primavera son las que tienen el plumaje más vistoso, pueden aparearse con varios machos y son estos los que incuban y sacan adelante a los pollos. Su área de reproducción se encuentra en torno al Ártico.
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El zorrillo sediento, los "duendes" de la pradera y el exótico faisán

Verano de 2014, Madrid.


Está sediento el zorrillo. Bebe durante casi dos minutos, con cortos descansos a la sombra en un par de ocasiones. Tiene un aspecto juvenil e inocente, quizás demasiado delgado. Después acude a  la sombra de una vieja encina y se recuesta junto al tronco, completamente relajado. No puede evitar un estornudo y al final parece algo incómodo, no tarda en marcharse después de enfrentarse a un enemigo invisible que lo hubiera atacado por detrás. Resulta cómico, pero al mismo tiempo me produce cierta compasión su solitaria presencia en este mediodía de agosto.




A primera hora de la tarde un corzo huye. Huye del sol también. Se acerca a las sombras que acabo de abandonar. Corre y salta sobre el incomodo pasto sacudido por el viento,


se detiene jadeante antes de escapar de nuevo. El calor de finales de julio es insoportable.



El profundo pasto seco del verano puede ser protector a pesar de su aparente hostilidad. Otro corzo permanece de pie delante de un gran seto de zarzas y rosales. Cae la tarde y el sol de cara le debe cegar, estoy relativamente cerca. Unos minutos después sencillamente se echaba en el sitio y desaparecía de la vista. Me llamó la atención su calma, no lejos un paseante iba acompañado de un perro que daba carreras alocadas, había apostado que el corzo huiría. No es la primera vez que los veo eludir la presencia humana con total discreción, sin alarmas ni carreras. También pueden ser duendes fuera del bosque.



Es llamativo el perlado de su cuerna. Por la inserción de las rosetas pienso que puede ser veterano. 



Parece tomar el sol.

Otra tarde es una pareja de faisanes la que permanece oculta en el pasto. La hembra es prácticamente invisible y muy tímida. El macho no lo es tanto y finalmente sale de entre la maraña, demasiado confiado, demasiado acostumbrado a la cautividad. Son unas aves preciosas, pero hubiera preferido no verlos, no aquí.


Estas escenas son más habituales en los verdes paisajes de centroeuropa.


Los faisanes son propios de Asia y el extremo oriental de Europa. Su carne fue muy apreciada de siempre y los romanos iniciaron su liberación por Italia, Alemania, Francia y puede que ya en Reino Unido donde es muy común hoy día. En España se realizan sueltas repetidas en los cotos de caza, simplemente para dispararlos.

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La levedad de la gineta


  Recuerdo la primera vez que observé una gineta. Fue hace mucho tiempo, seguía un laberinto de estrechos pasos del ganado entre grandes zarzales bajo un bosquete de sauces, agachado casi todo el tiempo. Al llegar a un punto donde las zarzas dejaban un pequeño espacio libre me incorporé y allí estaba, a medio metro o poco más. Dormía enroscada encima de la zarza. Abrió sus grandes ojos oscuros, me miró, y los cerró seguidamente. No podía creer mi suerte, ni entender su reacción, seguía durmiendo. Al cabo de un rato decidí sentarme un poco más atrás y seguir observándola, pero entonces se levantó y, sin prisa alguna, dio unos pasos sobre la zarza, alcanzó el tronco de un arbolillo y bajó cabeza abajo hasta que perdí de vista el último centímetro de su interminable y espectacular cola. Deseé haberla acariciado.

Aquella zarza no era especialmente tupida, todo lo contrario, más bien algo rala y envejecida, y no comprendía cómo no pareció ceder ni lo más mínimo, como si la gineta no fuera real.

Habrán pasado casi treinta años desde aquel encuentro y apenas un par de observaciones más, brevísimas, hasta hace unos días. Caminaba de vuelta, ya anochecido, cuando tres brillantes pares de ojos llaman mi atención. Parecen posados en un roble, a distintas alturas, a no ser que se encuentren en la ladera que queda detrás. Me voy acercando y no cambian de posición, sólo aparecen y desaparecen como si cerraran los ojos o giraran la cabeza, efectivamente están en el árbol ¿serán búhos? Unos ojos desaparecen, otros aparecen debajo, en la tapia de piedra, a unos 10 metros -no lo vi volar, me digo. Empiezo a sospechar, me concentro en los últimos ojos, en la parte alta de la copa hasta que por fin logro verla. Me fascina la facilidad con la que se mueve entre las ramas.


Habitualmente son animales solitarios, podría tratarse de un grupo familiar, una hembra con sus crías crecidas –dos cachorros son un número habitual en esta especie-, pero dado que no desaparecieron juntas, pienso si no serian dos machos atraídos por una hembra (eso asumiendo que fueran tres ginetas). La del vídeo se alejó por la pared siguiendo el mismo camino que posiblemente tomó una de las otras.

Dos semanas antes, otras dos jinetas me revelaban sus juegos nocturnos, tal vez amorosos, en el fondo de un sombrío barranco. Su agilidad es sorprendente.


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Ronquidos, berridos y juegos en el barro.

Otoño 2015, Madrid.


     A finales de septiembre el celo de los gamos está en su apogeo y sus ronquidos se mezclan con los berridos de los ciervos. Un macho parece escoltar a una hembra mientras pastan. En un momento dado se ponen en alerta, seguramente me sintieron, han dejado de sacudir la cola y levantan la cabeza. Tratan de descubrir el peligro con sus grandes ojos y tras unos segundos deciden alejarse, despacio. La cola levantada del macho dibuja una advertencia de máxima alarma y sin embargo su afán de apareamiento puede más, casi de repente se vuelve y comienza a perseguir a la hembra.  Estos días las carreras son continuas.



Avanza el otoño y la berrea del ciervo pierde intensidad, aunque mientras haya hembras receptivas seguirá escuchándose.



Las hembras adultas van acompañadas por sus crías del año. Estas, que muestran un desarrollo más o menos parejo, están iniciando el destete. Algunas, sin embargo, parecen poco más que bambis.

19 de octubre de 2015


Aunque en la foto no es posible comparar su tamaño, se aprecia perfectamente el dibujo de bambi que ya han perdido la mayoría de los chotos.

El número de crías tardías aumenta con la densidad de la población y seguramente contribuyen a prolongar la época de berrea incluso hasta el invierno.

Un mediodía sorprendo a dos ciervas con sus respectivos cervatillos disfrutando de unos baños de barro. Antes de que saque la cámara una de ellas se asusta y madre y cría se alejan. Todavía puedo tomar las siguientes imágenes:



Lástima que me detectaran tan pronto.