La matriarca

30 de mayo de 2016

Al caer la tarde el viento se hace notar. Ha sido un día de calor que el cielo medio cubierto ha hecho muy llevadero. Después de horas de continuas observaciones no hago más que demorar el momento de emprender el camino de vuelta. Las sombras cubren la hondonada del arroyo, y siguen ascendiendo con rapidez, cuando aparecen unos jabalís.Entre ellos hay ocho rayones crecidos, curiosos y juguetones. En la piara veo dos hembras con las mamas abultadas, una de ellas, que luce un extraño pelaje, es la jefa, no cabe duda.

En un momento dado entra en escena un macho atraído por alguna o algunas de las jabalinas, lo que revoluciona algo el grupo. Los rayones le siguen curiosos y las hembras no dejan que se les acerque. La excitación del verraco parece aumentar, saliva abundantemente. Su saliva contiene feromonas y puede ser ésta una razón por la que se ve en el segundo vídeo como una hembra levanta el morro olfateando cuando se le acerca (min 1’10’’).


Las dos madres permanecen ajenas, pero el resto se ha ido agrupando entorno a ellas y al final el pretendiente, que ha llegado hasta el núcleo de la piara, es sacado de su obcecación por el violento ataque de la matriarca.

Este jaleo llama la atención de unos perros que campeaban libres. Ladran  a los jabalís sin atreverse a más, no se les ocurre acercarse siquiera. Nuestra protagonista no se lo piensa mucho y, aunque los canes están a más de 100 metros, quiere dejarles las cosas bien claras. Parece buscarlos con la mirada y avanza hacia ellos, los rayones enfilan detrás, igual que el resto del grupo, la segunda madre inmediatamente detrás de la jefa, más prudente. Antes de que haya cubierto la mitad de la distancia que los separaba, los perros se pierden de vista.



En el minuto 1’50’’ aparece el macho.

La gran “familia” vuelve a la normalidad. El macho sigue al grupo algo apartado. Todavía intentará alguna nueva aproximación.


Música de Rob Costlow – Álbum Woods of Chaos  - Reflections.  Licencia Creative Commons

Trece pequeñuelos, sol y arena.

Poder observar a una perdiz con sus perdigones es una de esas escenas que te alegran la tarde. Siempre lo celebro, y si a la espontaneidad de los polluelos se suma la naturalidad con la que el adulto disfruta de un baño de arena pues más aún. Luego se alejan siguiendo el camino, como una familia que hubiera salido de paseo, cuando, de repente, a la voz de alarma del adulto los pollos corren rapidísimos a refugiarse fuera del camino, bueno, en realidad todos menos uno, que tal vez al ver la desbandada súbita de sus hermanos no ha sabido a qué grupo unirse. La perdiz vigila, esta vez no ha pasado nada, pero bien sabe que no podrá salvarlos de todos los peligros.


En otra tarde de primavera los abejarucos componen la banda sonora y una cogujada montesina también hace un breve paréntesis para un baño de tierra.



Es un comportamiento común en muchas especies, sobre todo en terrenos áridos. La arena así pulverizada entre las plumas elimina el exceso de grasa en las plumas, y además de un buen sistema de higiene es un ancestral remedio contra los parásitos externos. Mientras, los abejarucos parecen esponjarse para dejar que los rayos del sol penetren entre su plumaje, otra manera más de mantener éste en buen estado.

¿Una zorra con sarna?

8 de junio de 2016. Colmenar Viejo (Madrid)

Salta la liebre desde su encame a la sombra de una chaparra, me pregunto si nos vemos de nuevo, pues veinte días antes, la última vez que pasé por aquí, una liebre pastaba casi en el mismo lugar.


Entonces la pradera estaba bastante encharcada y entre sus flores llamaban la atención las serapias vomeracea, mucho más robustas que las s. lingua acompañantes.
Serapias vomeracea. Se trata de una orquídea.

Serapias vomeracea a la derecha y s. lingua a la izquierda
Hoy ha sido otra orquídea la que ha llamado mi atención.


Anacamptis coriophora.

Tras tomar nota de la liebre, fue casi levantar la vista y darme cuenta de que en la misma pradera estaba la zorra. Tiene la cabeza oculta en el pasto, mucho más crecido y menos verde que en la anterior visita.

Durante unos cinco minutos escarba, captura varios insectos, y yo aprovecho para aproximarme. Es el inicio de la caída de la tarde y se escucha el arrullo de una tórtola común. Luego compruebo que estuvo deshaciendo unos excrementos de caballo.

Estos son los restos de los excrementos de équido escarbados por la zorra.
Al terminar descansa un segundo y reanuda su campeo. Su pelo no aparenta bien, la cola está medio pelada, y enseguida para a rascarse una vez, y al poco rato de nuevo. Se mueve sin prisa, atenta, y captura alguna pequeña presa más. Algo llama su atención, se ha detenido con la vista fija, salta de repente, pero parece que no ha tenido éxito. En otras dos ocasiones la veo saltar igual, y sí consigue cazar, aunque presas muy pequeñas.

La parte de la cola desnuda se ve negruzca y parece tener una pequeña calva en la cadera ¿será sarna? Estas posibles lesiones coinciden con lo que podría ser un inicio de esta, y se rasca con cierta frecuencia. O podrían ser pulgas, casi seguro que está criando. Aunque delgada, se la ve bien, atenta y cazando, también hay que tener en cuenta que, en estas fechas, la muda puede darles un aspecto de “sarnosos”.


Las mejores imágenes están al final, pues llegué a tenerla muy cerca.

La sarna sarcóptica no es rara en los zorros. En España es una enfermedad de carácter enzoótico y está ampliamente distribuida (SOULSBURY, C. D., IOSSA, G., BAKER, P. J., COLE, N. C., FUNK, S. M. and HARRIS, S. (2007), The impact of sarcoptic mangeSarcoptes scabiei on the British fox Vulpes vulpes population. Mammal Review, 37: 278–296. doi:10.1111/j.1365-).

Es causada por un ácaro, sarcoptes scabiei, el cual presenta variantes especializadas en distintos hospedadores. Puede afectar a un buen número de mamíferos, incluyéndonos a nosotros, sin embargo la variante del zorro, que es la misma que la del perro, es diferente de la nuestra, de forma que aunque un zorro o un perro nos contagiara sus ácaros la infestación resultaría auto-limitante, pues estos morirían en poco tiempo en nuestra piel y los signos clínicos serían leves y de poca duración (1-3 semanas). El ganado doméstico u otros ungulados silvestres tampoco sufrirían daños mayores en caso de contagio con un zorro, ellos tienen sus propias variantes del sarcoptes scabiei.


Mientras que en los animales domésticos es una enfermedad de fácil tratamiento y que no debe tener mayores consecuencias si están bien atendidos, en la fauna silvestre es fatal. Los zorros, en los casos graves, mueren en unos meses.


En algunos países de Europa se han observado brotes en los cuales se ha llegado a producir la desaparición del 95% de la población. La recuperación se produce muy lentamente pues además de las muertes limita mucho la reproducción. En brotes sucesivos aumenta la resistencia de los animales y se reduce la prevalencia. Hay investigaciones en España que registran una prevalencia global del 3-4%, llegando en alguna localización hasta el 23% (Gortázar, C., Villafuerte, R., Blanco, J.C., Luco, D.F. (1998a). Enzootic sarcoptic mange in red foxes in Spain. Zeitschrift fur Jagdwissenschaft, 44: 251-256.), o al 33% (Domínguez-Peñafiel, G., Giménez-Pardo, C., Gegúndez, M., & Lledó, L.. (2011). Prevalence of ectoparasitic arthropods on wild animals and cattle in the Las Merindades area (Burgos, Spain).) En una tesis doctoral, sobre una muestra de zorros en Soria, la prevalencia obtenida fue del 5,2% (SERRANO J.L. Estudio de la población vulpina de la provincia de Soria como bioindicador sanitario [tesis]. Departamento de especialidades médicas, Universidad de Alcalá de Henares, Madrid, 2004.)

Más información sobre la sarna aquí (en inglés):
http://www.wildlifeonline.me.uk/mange.html

La garduña

A mi madre le cuesta entender que pase tanto tiempo en el campo. Cuando vengo del pueblo me pregunta que he visto, y así el otro día, como rápido resumen de una larga tarde de campo primaveral, le cuento que había visto una garduña, -¿una garduña? ¿Qué es?, me pregunta, -como una comadreja, pero grande como un gato, le digo.

Todo el mundo sabe que es una comadreja ¿o no?, la verdad es que no, como comenta David Álvarez en su blog: “Ya quedan muy lejos los tiempos de Félix Rodríguez de la Fuente, cuando todos los niños sabían que era un lirón careto, un buitre leonado o un alimoche.”; pero al menos mi madre sí, más o menos.

La garduña es más pequeña que un gato, oscura, con un gran babero blanco, cabeza triangular y una larga cola peluda, tipo ardilla. Diría que exclusivamente nocturna, por desgracia es más fácil encontrarse con individuos atropellados que con una de ellas en vivo y en directo.



Afortunadamente no es tan difícil localizar sus rastros, que es lo único que he podido mostrar hasta ahora en el blog.

¿dos garduñas de caza? Un conejo parece huir presa del pánico. 


 ¿dos garduñas en camino? 21 de mayo de 2013

Puede que no sea demasiado raro que vayan de dos en dos.


La otra noche, al finalizar un día de campo, unos ojillos delataron una presencia. Estaba quieta, acechante en unas rocas. La tapaba un rosal y no tenía claro si era gato, gineta o tal vez garduña, me parecía verle la pechera clara. En un pestañeo la pierdo de vista y también la esperanza de salir de dudas. Pero no se ha ido lejos, la descubro en unas peñas próximas, sí, es una garduña. Vigilante al principio, tal vez confundida por la iluminación, desapareció en la oscuridad al poco tiempo, después de explorar rápidamente un par de oquedades en el roquedo.

El no tan raro pico menor.

Hubo un tiempo en que el pico menor (Dryobates minor) era uno de esos pájaros imposibles de ver. El más pequeño de nuestros carpinteros realmente no es fácil de detectar y por aquel entonces se le atribuía una distribución muy puntual. En el segundo Atlas de las aves reproductoras de España, recién estrenado el siglo XXI, se habla de un incremento de su población, pero sin saber en qué medida esto es debido a un mejor conocimiento o a una mejora de su situación. Sigue teniendo una distribución localizada y dispersa.


En Madrid el atlas recoge que su población cuenta con un mínimo de tan sólo 6 parejas, afirmación que puede valer como ejemplo no sólo de su rareza sino también de lo poco que se conoce.

En estos últimos años sus observaciones son cada vez más numerosas. Incluso yo, por fin, tuve la suerte de verlo un par de veces, en el río Jarama y en Colmenar Viejo (antes lo había visto en el Valle del Tiétar). En los anuarios ornitológicos se multiplican sus citas, también en la sierra madrileña que es adónde voy a parar.

Hace unos tres años mi hermano me dijo que estaba casi seguro que lo ha visto en el pueblo. Durante meses no me lo quité de la cabeza y llegado abril planeo la primera salida al campo para comprobarlo. Lo buscaría en el mismo robledal en que él lo vio. La noche previa me aprendí en alguna web como sonaba su tamborileo.

Al amanecer el cielo estaba cubierto, por suerte no hacía viento ni demasiado frío, una mañana agradable. Enseguida, después de tomar nota de un rastro de tejón, un torcecuello me dio la primera alegría. Cantaba muy cerca, pero soy incapaz de verlo. Siempre me ocurre lo mismo y ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vi uno de estos peculiares pájaros carpinteros.

Un pico picapinos tamborileaba no muy lejos y decidí acercarme, iba anotando otros pajarillos cuando de repente… ¡sorpresa! Sin duda es el pico menor, también escucho claramente su tamborileo. Sigo acercándome hasta localizarlo en los restos de una larga rama seca. El picapinos sonaba al mismo tiempo, a poca distancia. No me podía creer mi suerte. Es un macho, vuela unos 30 metros y se mueve por las ramillas más altas de los melojos. Entonces el picapinos llega y tamborilea en su lugar, el pico menor acude excitado, se posa enfrente, en la cara opuesta, pero enseguida vuela a otra rama seca donde tamborilea un par de veces como replicando, no le ha gustado que le robaran el sitio. Regresa, se enfrenta al picapinos pero éste lo busca con cara de pocos amigos y el pequeño carpintero vuela a otro roble. En cuanto el grandote se va, vuelve y tamborilea durante unos 10 minutos. Fue curiosa esta interacción entre las dos especies. Fantásticas escenas que no pude grabar más que en mi retina.

Aquí, aunque mal, se puede oír el tamborileo del pico menor. El picapinos suena al comienzo y en dos ocasiones más. Esto fue después de la disputa por la rama.

Lo seguí observando en la zona durante casi una hora. De vuelta, al terminar la mañana, el torcecuello canta en el mismo punto que al amanecer, tampoco lo vi, pero el día había sido inmejorable.

Primula veris
Orchis morio
En otoño, en una zona de prados con fresnos y robles, volví a encontrarme con la especie, en este caso una hembra enfrascada en picar una rama seca. Parecía más tratar de construir un nido que buscar insectos. 

Vídeo de poca calidad de la observación del 20 de noviembre de 2015.

Y este pasado 14 de mayo lo vi de nuevo, esta vez en término de Gascones. El día en la sierra estaba realmente desapacible, Braojos desaparecía en la niebla, por lo que decidí no subir hasta el pueblo.



En Gascones pude disfrutar de estos paisajes primaverales, pero la mañana era fría y ventosa.
De nuevo reconozco su tamborileo, está cerca y lo descubro, esta vez también parece una hembra, aunque puedo ver un tono rojizo en el píleo que me hace dudar.

Después de tres cuartos de hora me alejo y sigue ahí, no ha estado tamborileando todo el rato pero casi. A veces cambiaba de sitio y otras parecía buscar por los árboles próximos, cantando en alguna ocasión.


La mayor abundancia del pico menor en Madrid parece un hecho. Este pájaro carpintero está considerado un buen bioindicador del estado de los bosques, salvo los de coníferas en los que no suele estar presente. En efecto se ha podido producir una mejora de los ecosistemas forestales, especialmente los ribereños y serranos. Paisajes fuertemente castigados hasta el siglo pasado se han visto favorecidos en parte por una mayor protección, en parte por el abandono del campo, y sobre todo por el paso del tiempo. Así bosques y bosquetes han ganado en madurez y naturalidad.

En el conjunto de Europa, sin embargo, se considera que muestra un ligero declive por pérdida de hábitat, lo cual no es una buena noticia de una especie que no se ve todos los días.

Cuarenta centímetros de nieve.


Avanzar con cuarenta centímetros de nieve es penoso, más sin el equipo adecuado, así que en esos casos no puedo pretender llegar muy lejos, tan sólo disfrutar de algún corto recorrido.

1 de marzo de 2016. Braojos de la Sierra.
  
Cuarenta centímetros y más.

1 de marzo de 2016

1 de marzo de 2016

En todo caso en los dos últimos inviernos he tenido oportunidad de darme buenas caminatas por la nieve. Esta ha sido abundante en la sierra madrileña y he disfrutado de sus paisajes blancos. Mis fotos de esos días no llegan a revelar la verdadera belleza de esos momentos.

1 de marzo de 2016

Y la vida continúa, a pesar de que durante muchos días el manto helado se extendía por grandes áreas. Me llamó la atención recorrer anchos cortafuegos en los que iba descubriendo huellas de zorros, garduñas, tejón alguna vez, alguna ardilla y liebres, pero sin ningún rastro de corzos.

18 de febrero de 2015. Sin rastro de los corzos, pero estaban ahí, entre los pinos.

20 de febrero de 2016. Rastros de liebre

18 de febrero de 2015.


Ardilla
17 de enero de 2015. La garduña cruza el camino, el zorro lo sigue.

Pero adentrándome en el pinar aparecían las huellas de los corzos, los cuales para llevarse algún bocado escarbaban en diversos puntos retirando la nieve. Era curioso seguir estos rastros, ver como se acercaban al cortafuegos y se daban la vuelta.

Las zarzas ocupan un lugar principal en su alimentación durante todo el año, y en invierno son fundamentales. Eso es algo que se puede comprobar esos días. También se acercan a los acebos pero no parece que estos sean importantes en su dieta.

La tasa metabólica de los corzos se adapta a las condiciones ambientales y a su biología, incrementándose en primavera, siendo máxima durante la lactancia en las hembras y también en verano durante el celo en los machos, y disminuyendo en invierno, momento en que por tanto se reduce su actividad y sus necesidades energéticas. Además, al parecer presentan una especial adaptación en sus glándulas salivales para evitar los efectos tóxicos de las altas concentraciones de taninos y así puede aprovechar recursos alimenticios de baja calidad en los momentos más duros.

Un día en que la nieve cubría muy someramente la sierra observé un rastro de corzo que se paraba en dos puntos a pocos metros y desenterraba unas setas carnosas, de tono claro, que debió detectar con el olfato. Está claro que son unos grandes supervivientes.

12 de enero de 2016.


Lo único que quedo de las setas, estaban casi sin abrir, extrañamente tiernas y congeladas.



Otras supervivientes son las liebres. Sus rastros pueden ser puntualmente abundantes en la sierra nevada. Cuando la nieve deja calvas de pasto quemado las cagarrutas de los lagomorfos se concentran en estos puntos.  De siempre, desde que un frío día, hace ya 30 años, en que incrédulo -¿una liebre entre los pinos?- me crucé por primera vez con sus huellas en el blanco manto de las zonas altas de la sierra, me he preguntado cómo se las apañaban para salir adelante en semejantes condiciones.

18 de febrero de 2015. Liebre, 1.700 m.


No es una liebre.

Liebre

Liebre. No siembre dibuja una "L".

Garduña

La garduña marca en el borde del camino.


Zorro

Rumanía 2013. Buscando pájaros carpinteros.


Observar pájaros nuevos, aquellos que no vuelan por “nuestros” campos, fue uno de los objetivos de aquellas vacaciones en Rumanía. Tenía una lista con las especies que no se ven en España, al menos habitualmente. No pretendía tacharlas todas, se trataba simplemente de disfrutar de las ocasiones que se presentaran, pero así centraba la atención.
Un grupo de aves que no se me iban de la cabeza eran los pájaros carpinteros. Allí cuentan con diez especies, tres más que en España. Las especies objetivo eran esas tres diferentes y además el pico dorsiblanco, que, por su escasez y limitada localización en la Península, no he observado aún. Evidentemente  no íbamos a cerrar los ojos si aparecía un picamaderos negro o un pico menor, que no son aves fáciles de ver, ni cualquier otra, pero al final sólo pude anotar 4 de las 10 especies. Al menos tres de ellas eran las que no podría ver “en casa”: los picos tridáctilo (Picoides tridactylus) y sirio (Dendrocopos syriacus), y el pito cano (Picus canus).

El de la izquierda es el hotel de Rasnov en el que nos alojamos.
La primera mañana en Rumanía partimos a los Cárpatos, concretamente a Rasnov. Esta es un área turística y de fácil acceso desde Bucarest, pero nada masificada en esas fechas. Desde el hotel podíamos plantarnos en un momento en el Parque Nacional de Pietra Craiului o bien visitar otros bosques próximos. Esto último es lo que hicimos la primera tarde. Desde la población de Predeal subimos a una antigua estación de esquí de travesía.

11 de septiembre de 2013. Predeal (Brasov).
Llevábamos poco tiempo caminando por un magnífico bosque mixto cuando descubrimos a los picos tridáctilos (Picoides tridactylus). En un abeto medio seco, altísimo como los demás, pudimos observar hasta 4 individuos. Había un macho al que no parecía hacerle gracia tanta multitud y no permitía que los otros se acercaran a su zona de alimentación, les chillaba excitado erizando su capirote de plumas amarillas. Recuerdo que llegó a dolernos el cuello de tanto observarlos.

Al caer la tarde llegamos a una zona donde el bosque tenía una apariencia diría que algo lóbrega. El camino que seguimos, a veces poco más que un sendero, ligeramente embarrado, mostraba huellas de ungulados, jabalí, ciervo, corzo, cuando me fijé en unas marcas de dedos, de un perro pensé, pero algo no cuadraba.

Efectivamente se trataba de un oso, pero tardé en darme cuenta.  

Nos paramos un rato a mirar a nuestro alrededor, ahora parecía más tenebroso aún. Empezaba a faltar la luz y se nos estaba haciendo el tiempo justo para volver. Sin embargo la verdad es que estaba siendo una tarde estupenda y disfrutamos igualmente del camino de vuelta. Tengo bien grabada aún la grata impresión que me dejó aquel lugar, aquel primer paseo en Rumanía. En un momento en que Marian se había adelantado unos pasos se volvió excitada preguntándome que qué había sido eso, era grande, un rapaz seguro, voló delante de ella silenciosa. No lo vi. Anochecía cuando llegamos al parking. Al fondo, en una cerca de madera detecté un bulto grande, nos fuimos aproximando y con los prismáticos tuvimos oportunidad de observarlo un rato, él también nos miró, no podíamos creer que estuviéramos delante de un cárabo uralense (Strix uralensis). Voló ladera abajo, tal vez cazó,  pues paró en medio del prado para seguir al poco hasta una vieja pérgola de madera donde se posó en una viga medio caída. Finalmente desapareció hacia el bosque.

Imágen obtenida de google con la pérgola o cenador donde se posó el cárabo uralense.
Los siguientes días visitamos sobre todo el Parque Nacional Piatra Craiului, aunque nos vimos condicionados por la lluvia. Todas las mañanas antes del desayuno daba un paseo alrededor del hotel, y la subida al castillo de Rasnov también fue una buena ocasión para ver pajarillos. Carbonero sibilino (Poecile montanus), mosquitero silbador (Phylloscopus sibilatrix), curruca zarcerilla (Sylvia curruca), zorzales reales (Turdus pilaris), alcaudón norteño (Lanius excubitor).
Los frecuentes cascanueces (Nucifraga caryocatactes) estaban entregados a la recolección de avellanas. Son muy especiales estos córvidos tan marrones y sin embargo preciosos vistos de cerca. No tuvimos suerte con el resto de pájaros carpinteros. Escudriñé las fantásticas paredes de Piatra Craiului buscando treparriscos sin éxito, y en medio de un viejo y fabuloso bosque de abetos observamos egagrópilas de algún gran búho bajo varios posaderos.

Buscando treparriscos
Parque Nacional Piatra Craiului
 
 Sí, aquel bosque también se me quedó muy grabado.

Al quinto día dejamos Rasnov. Por la mañana visitamos Brasov después de pasar por el Hospital de Enfermedades Infecciosas para otra dosis de vacuna de la rabia. La segunda tarde allí, tuvimos la mala suerte de toparnos con tres perros mal enseñados, empeñados en mostrarnos sus dentaduras muy de cerca, y que con un exceso de celo protegían una pequeña casa de campo a la que ni siquiera nos acercamos realmente. Uno de ellos intentó morderme y llegó a hacerme un rasguño. Sea como fuere, puesto que en Rumanía se dan casos de rabia y dado que es una enfermedad mortal aquel día tuvimos que darnos la vuelta y buscar un hospital. Afortunadamente no fue complicado (bendito GPS), nos atendieron muy bien y además sin tener que hacer grandes desplazamientos.

Poco después del mediodía empezamos a cruzar el país hacia Tulcea, donde llegaríamos a la mañana siguiente. No hay autovías en el trayecto y continuamente atravesábamos pequeñas poblaciones, había que tomárselo con calma. Pasamos la noche en Brăila, una ciudad a orillas del Danubio. El tiempo gris de los Cárpatos quedo atrás.

Pasamos tres días en Tulcea, que viene a ser como la puerta de entrada al Delta del Danubio. Después de visitarlo, de haber recorrido en barco sus canales durante una mañana completa y de acercarnos a otras lagunas próximas, después de los bandos de pelícanos comunes (Pelecanus onocrotalus), las cigüeñas negras (Ciconia nigra), los mucho menos abundantes pelícanos ceñudos (Pelecanus crispus), los cormoranes pigmeos (Microcarbo pygmaeus) y los enormes pigargos (Haliaeetus albicilla), una tarde visitamos el Monasterio de Celic Dere, uno de los más importantes de la zona. Está situado entre colinas cubiertas de bosque caducifolio y resultó un lugar de lo más tranquilo, pues no había visitantes.

Celic Dere
Delante del monasterio, en sus cuidados jardines, había un viejo molino de viento y justo en una de las aspas posaron en poco tiempo el pito cano (Picus canus), el pico sirio (Dendrocopos syriacus) y el pico picapinos (Dendrocopos major). Sin movernos del parking también pudimos ver a los dos picos en árboles próximos y además uno de los picos sirios apareció en un cable que cruzaba la calle, un posadero inédito.
Luego nos dimos un corto paseo en el que estuvimos bastante entretenidos con los pajarillos. Entre los papamoscas papirrojos (Ficedula parva) por fin pudimos ver bien un macho adulto y también cayó el carbonero lúgubre (Poecile lugubris).

Pico sirio macho.



No se ve gran cosa pero sí lo suficiente para identificarlos. Dos hembras de pico sirio. Se ve mejor al final del vídeo.

Pico picapinos macho. Os dejo este vídeo para que busquéis las diferencias.

Los dos picos, el sirio y el picapinos son casi idénticos (en alguna rara ocasión parece que se cruzan entre ellos). En España, como dije, sólo tenemos al segundo. El sirio ha experimentado una reciente expansión en Europa, imagino que desde Turquía. Comenzó a aparecer en Los Balcanes hacia 1890 y de ahí hacia el centro de Europa y a las antiguas repúblicas soviéticas. En Rumanía se citó por primera vez en 1931 y parece preferir territorios a poca altitud y entornos rurales con granjas y huertos.
En Casian, una aldea perdida a la que no llegaba el asfalto, en las llanuras de la región de Dobrogea, cuando buscábamos collalbas sin éxito el día que volvíamos a Bucarest, nos sorprendió ver un macho de pico sirio en un arbolillo. No lo esperábamos en un área casi completamente desarbolada. Aquella fue la última anotación en mi cuaderno de campo.
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