Un corcino entre mis botas y otras historias de mayo.

Llevo media hora de espera desde un alto cuando escucho unos gritos. Giro la cabeza y veo con sorpresa una zorra y sus tres cachorros. Estos, hambrientos, hociquean la boca del adulto y parecen lamer sus comisuras, o bien se agachan buscando las tetillas de la madre. Esta se esfuerza por no regurgitar, me ha visto, teme por las crías. Finalmente se aleja con ellas sendero abajo, de alguna manera los zorrillos habrán entendido que había que partir. Menos de diez minutos después los observo fugazmente entre las encinas, lejos, en un punto donde recuerdo haber visto unas madrigueras a las que tal vez ahora acudan.



Mayo es tiempo de polluelos y cachorros, de campos en flor, de explosión de colores, de amores y de peligros.

Un día una pareja de currucas cabecinegras revuelan alarmadas, imagino que el nido estará cerca. Acuden una y otra vez al mismo punto, a escasos tres metros de mí, pero ahí no puede estar el nido, en el pasto alto bajo un rosal. Al acercarme descubro un torpe volantón que trata de ponerse a salvo.
Al día siguiente, en la sierra, un arrendajo llega a unos robles próximos, carga algo en el pico. Me cuesta verlo bien. Lo sujeta en una rama con las garras y comienza a despedazarlo, es un desnudo polluelo, el sangriento almuerzo del bello córvido. Cuántas veces por estas fechas los he observado revisando minuciosos las copas de los árboles en busca de los nidos.


La imagen del zorro cruzando la pradera cuajada de viboreras en flor me hipnotiza, pasa delante de mi sin percatarse, igual que la corza que observo durante más de media hora. Se acerca, se aleja, vuelve, come aquí y allí, y posiblemente no se alejará mucho de la zona sobre todo una vez que haya parido. En ese caso el corcino o los corcinos pasarán los primeros días encamados, inmóviles, entre el pasto, como estos que tuve entre mis botas el pasado 27 de mayo, nacidos en Madrid.

Como sabéis el corzo ha experimentado un gran aumento de su población y sí, los hay en los campos de la capital.
Me agacho para verlo bien, pues pensé en la posibilidad de que estuviera muerto, pero no, abría y cerraba los ojos con normalidad.
Este es el hermano, encamado a un par de metros.
Las crías nacen desvalidas y durante los primeros días esperan ocultas entre la vegetación la llegada de la madre para alimentarse y ser aseadas.

Volantón de alcaudón real. 21 de mayo de 2015. Estas aves normalmente sólo crían una vez al año, y en estos últimos días de mayo coinciden los primeros vuelos de muchos de ellos. Todavía dependerán de sus padres unas semanas más. Son cazadores, y no sólo de insectos o invertebrados, también de lagartijas, roedores y pajarillos.

Lagarto ocelado. Un gran macho.

Esta hembra estaba junto al anterior.

Otra pareja.

Es tiempo de amores para los lagartos ocelados. Su papel depredador es similar al del alcaudón real, caza invertebrados y pequeños vertebrados (polluelos por ejemplo y también huevos), papel que como hemos visto comparte el arrendajo. Son los peligros que afrontan multitud de pequeños seres en la primavera, incluidos ellos mismos, pues una cría de lagarto puede ser capturada por un alcaudón por ejemplo. Ahora, el ardor sexual de los ocelados, también los convierte en presas más fáciles para las rapaces y por su parte, los arrendajos, los jóvenes y los no tan jóvenes, entran en el menú habitual de una de las rapaces forestales más emblemáticas, los azores (el de la urraca es un papel similar y sus pollos volantones, además de acabar unos cuantos atropellados en las carreteras como vemos estos días, son presa de azores y águilas calzadas que tienen que saciar el apetito de los suyos).

Melitaea phoebe, la cara y la cruz, y la araña entre las dos, 14 de mayo de 2014. Esta mariposa es aún abundante. Ese día, en pocos metros pude ver un buen número, sus danzas y los acercamientos a las hembras. Encuentro una que ha sido víctima mortal de una araña cangrejo (parece del género Xysticus, tal vez xysticus cristatus), otra se posa al lado y la araña extiende sus patas, más parece querer retirar a la nueve visitante que hacerse con ella.    

Aculepeira armida. El año pasado me llamó la atención su abundancia. Cuántas telas me debí llevar por delante cruzando los prados no comidos. Este año sin embargo no he visto tantas.




Música de Galdson (Vicente Orjales Galdo), tema “Oxiledes” (https://www.jamendo.com/es/list/a119180/musical-landscapes)

El nido de los picapinos callejeros (I)



Ahora, a primeros de mayo, mis vecinos los picapinos es posible que estén en el nido, pueden llevar días incubando, tal vez en uno de los periodos más delicados del año, ese que transcurre entre los últimos momentos previos a la eclosión y los primeros días de vida de los pollos tras esta.

En marzo, entre el  9 y el 13, se los podía ver trabajando duro en uno de los chopos enfrente de la cocina, en la base de un tocón seco resultante de una antigua poda. Era una suerte, aunque estaba claro que cuando salieran las hojas no iba a quedar a la vista, sin embargo tras esos días dejaron de aparecer por allí.



En abril escucho fuertes picotazos en la zona, pensé que estarían dentro del agujero, que habrían seguido picando sin que los viera, pero el 11 de abril descubro que trabajan en el siguiente chopo de la hilera y a tan solo unos tres metros de altura, a la vista de todo el mundo. Este segundo intento parece terminar igual que el primero. Después del 15 de abril no vuelvo a verlos. Estarán en otro nido alternativo.



El año pasado pude observar a otra pareja de picapinos, en este caso vecinos de mis padres, construir el nido y sacar adelante a los pollos. Estaban en plena calle, en un chopo maduro, ligeramente decadente, en una de las ramas principales del árbol, a unos seis o siete metros de alto.


La rama no sube vertical como pueda parecer en la imagen, está inclinada y el nido queda en un extraplomo orientado a la calzada, al este, más protegido así de la lluvia y los depredadores.

Mientras trabajan no dejan de vigilar, es común que las aves no quieran delatar la ubicación del nido en el que se afanan, es una medida de seguridad básica, aparte de que tienen que evitar ser capturados mientras están en la labor. En cuanto aparecían las urracas se escondían en el lado opuesto de la rama o volaban a otras desde las que esperaban vigilantes. Si estimaban que una persona que se acercara podía ser una amenaza también se retiraban con disimulo.

A veces parecían mantener el contacto mediante llamadas, siempre sabían si su pareja estaba próximo o cuándo esta llegaba al árbol tras una ausencia.

Macho arriba y debajo la hembra, un sencillo juego de las diferencias.
A la semana veo al macho trabajando desde el interior. La hembra pasa mucho tiempo descansando, ya el 12 de abril la observaba mucho tiempo quieta junto al nido, otros días curioseaba desde dentro asomando la cabeza continuamente. En los dos últimos días de vigilancia sólo pude ver al macho trabajando y el último día, 20 de abril, el tiempo que observé a la hembra lo pasó dentro del agujero, descansando y cuidando sus plumas, debía estar muy cerca el momento de la puesta.

El diez de mayo, veinte días después, cuando retomé la vigilancia, ya estaban ocupados con las cebas, pero esa será otra historia.




A continuación podéis ver dos vídeos, uno es un resumen muy resumido, a modo de simulación, de minuto y medio y otro de nueve minutos y medio, en orden cronológico, que me queda como recuerdo, igual que los originales, en los cuales se conservan las charlas de esos días en casa de mis padres “-mira, ya ha vuelto… … -es el macho, ves que tiene rojo en la cabeza… -mierda, sale la hembra y la cámara no enfoca… - la comida está lista, que se enfría… -pues sí son bonitos…”





En la sierra el calendario reproductor se retrasa. Otro 20 de abril, un año antes, observaba a una hembra preparando un agujero en un roble. El material extraído es muy diferente a la blanca viruta del chopo, podría ser que estuviera limpiando un viejo nido.


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